RELATO GANADOR:
PARA LA ETERNIDAD (José Manuel Durán Martínez "Rain"
)Nacionalidad: España
Leyó el nombre de su esposa inscrito sobre la lápida y sus labios dibujaron una pequeña e imperceptible sonrisa. Dejó caer con desgana las flores que llevaba sobre la tumba y permaneció algunos minutos en silencio, mientras una ligera brisa acariciaba su rostro.
Se dio la vuelta y salió del cementerio, pasando junto a altos cipreses que lo observaron en el más absoluto mutismo. Regresó a su casa.
Supo entonces que algo andaba mal.
Al abrir la puerta oyó una voz que le llamaba.
-Hola Angel, cariño, ¿Ya has vuelto?.-Una mujer de mediana edad corrió hacía él con una amplia sonrisa. Le dio dos besos en las mejillas y regresó a la cocina. Ángel quedó desconcertado.
¡No podía ser! ¡Era imposible! ¡Su mujer estaba muerta! ¡Muerta y enterrada!
-Yo te maté.-murmuró.
Pero allí estaba, preparándole la cena. ¿Qué estaba pasando?
Se sentó en el sofá terriblemente pálido, notando un ramalazo de intenso frío anclado en su columna vertebral. Las manos comenzaron a temblarle mientras su corazón latía a un ritmo vertiginoso. Apenas podía respirar.
Oía a su mujer cantando en la cocina.
Ángel se levantó confuso y alargó el cuello hasta descubrir lo que ya era una realidad: Su mujer Elvira estaba viva, ¡viva!
-Falta poco cariño, enseguida podremos cenar.-dijo su esposa jovialmente. Estaba llena de vida.
Ángel dio un paso atrás y horrorizado salió de la casa. Su mujer no podía estar allí. ¡Era imposible!
Mientras caminaba sin rumbo fijo recordó con absoluta claridad la forma en que él había dado muerte a su esposa. Era médico, sabía perfectamente lo que tenía que inyectarle para causarle una muerte que no levantara demasiadas sospechas. Todo había ido bien. Nadie sospechó nada. El entierro fue emotivo. Pero ahora, una semana después, Elvira había vuelto a la vida, como si nada hubiera ocurrido. Pero él la había matado, estaba seguro de ello, sin duda.
Sonó su teléfono móvil y contrariado lo cogió. La voz de su mujer sonó al otro lado.
-¿Dónde estás, cariño, no vienes a cenar?
Ángel tiró el teléfono al suelo y corrió despavorido como si hubiera escuchado la voz de la muerte. ¡Se estaba volviendo loco!
Minutos después, y sin tener conciencia de ello, se vio frente al cementerio que apenas dos horas antes había abandonado. Sin saber por qué, decidió entrar y caminó entre las tumbas, hasta dirigirse al lugar donde estaba enterrada su esposa. Se detuvo en seco. Algo había sobre la lápida.
Un cuerpo. Sí. El cuerpo de un hombre trajeado.
Ángel frunció el ceño y caminó esta vez más despacio, a tiempo de ver fugaces sombras difusas agitándose en diferentes puntos del cementerio. Al acercarse descubrió que el hombre estaba boca abajo y había gotas de sangre en el suelo, procedentes de una herida que tenía en la cabeza.
Examinó el lugar y dedujo que el desdichado había tropezado con alguna piedra o guijarro y había caído con tan mala fortuna que se había golpeado la cabeza, muriendo en el acto. ¿Por qué precisamente sobre la tumba de Elvira?
Ángel movió el cuerpo para cerciorarse que el hombre estaba muerto y entonces vio horrorizado el rostro del desdichado.
¡Era él!
Su cuerpo estaba allí, frío e inmóvil, con aquella herida horrible en la cabeza, con su rostro expresando la agonía de una muerte súbita. ¡No podía ser!
Si. No cabía el error. No podía encontrar explicación pero sobre la tumba de su mujer se encontraba su cuerpo, muerto, en una cruel mueca del destino.
Ángel retrocedió sobrecogido, con el corazón latiendo a un ritmo caca vez más lento hasta que dejó de notarlo en su pecho. Vio aquellas sombras negras que se acercaban a él, siluetas vagamente humanas de otros que como él habían encontrado la muerte.
Lo rodearon.
Alargaron sus brazos para cogerle pero con un movimiento brusco se zafó de aquellas abominables sombras.
Salió del cementerio sin mirar hacia atrás y poco a poco fue tomando conciencia de su nueva situación. Se detuvo. Miró a su derecha y divisó una cabina de teléfonos. Se acercó hasta allí.
Metió la mano en el bolsillo y sacó algunas monedas. Las introdujo en la ranura y marcó un número. Segundos después pudo escuchar la voz de Elvira.
-¿Quién es?
-Hola cariño.-dijo Ángel con un hilo tembloroso en la voz.- Espérame, ahora mismo voy a cenar.
Colgó y caminó hacia su hogar, donde su mujer lo aguardaba. Él había querido librarse de ella pero ya no había solución, la muerte los había vuelto a unir para toda la eternidad.